domingo, 22 de febrero de 2015

Editorial de El País: Basta de represión

La detención —brutal en las formas e inaceptable por su significado político— del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, no puede ser justificada de ninguna forma, por más que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, apele a teorías conspiratorias. El trato vejatorio y violento contra la persona que los caraqueños eligieron como su representante, la violencia empleada —incluyendo derribo de puertas y disparos— y la incertidumbre sobre la situación jurídica y física en la que quedó el detenido son absolutamente incompatibles con cualquier atisbo de existencia de un Estado de derecho.
Maduro no entiende que la democracia no consiste en alcanzar el poder y una vez logrado saltarse cualquier regla y justificar cualquier atropello siempre que esté envuelto en el gastado discurso grandilocuente del populismo. Un discurso que contrapone de forma falsa los intereses del país —de los que el gobernante venezolano parece ser el único intérprete— a los derechos de los ciudadanos y a las reglas de la democracia.
El presidente apunta a una fantasmagórica conspiración que habría urdido un supuesto “eje Madrid-Bogotá-Miami” que “saca barbaridades todos los días” sobre Venezuela. La realidad es la opuesta. Casi a diario se perpetran barbaridades oficiales contra la democracia en Venezuela: la autorización al Ejército para usar armamento de guerra contra las manifestaciones civiles, la detención —hace ya un año— y maltrato físico en prisión del líder opositor Leopoldo López, el despojo de su acta de diputada y la agresión a la opositora María Corina Machado, el acoso sistemático a la libertad de prensa, las expropiaciones arbitrarias y la detención del alcalde Ledezma como si fuera un peligroso terrorista son solo algunos ejemplos.
Con este panorama, es imprescindible que la oposición venezolana adopte una estrategia realista y generosa que supere sus divisiones y personalismos. El abismo ante el que está el país hace necesario dejar de lado ambiciones y agravios, reales o imaginarios, instalados en el pasado. Es urgente presentar un proyecto de unidad para garantizar la calidad democrática del sistema político y el bienestar material de una sociedad sumida en una escasez y una inseguridad inconcebibles hace apenas unos años. Venezuela atraviesa un momento crucial y es fundamental que la oposición democrática muestre que está a la altura del desafío.

Editorial de El País
Basta de represión
El País. Madrid, 22 de febrero de 2015

sábado, 21 de febrero de 2015

Andrés Oppenheimer: El silencio regional ante la situación de Venezuela

juzgar por la débil reacción de las instituciones regionales como la OEA y la UNASUR ante el arresto arbitrario del alcalde metropolitano de Caracas Antonio Ledezma y otros líderes de la oposición en Venezuela, es difícil no llegar a la conclusión de que estas organizaciones se han convertido en sociedades de protección mutua para regímenes represivos.
En lugar de exigir de la liberación inmediata de Ledezma, al igual que la del líder opositor Leopoldo López y otros prisioneros políticos a los que las Naciones Unidas consideran fueron objeto de “arrestos arbitrarios”, las principales organizaciones regionales y casi todos los presidentes latinoamericanos brillaron por su ausencia.
Hace algunas décadas, cuando un país latinoamericano violaba las libertades democráticas, como Venezuela lo está haciendo ahora, los principales líderes democráticos de la región solicitaban reuniones urgentes a la Organización de Estados Americanos (OEA), que le exigía al país infractor comportarse de acuerdo a las normas democráticas de la región.
Cuando el ex presidente peruano Alberto Fujimori cerró el Congreso de su país en 1992, toda la región respondió airadamente. Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Perú, Argentina retiró a su embajador, y Chile y varios países más solicitaron oficialmente que se suspendiera a Perú de la OEA.
Y la OEA, después de varias reuniones urgentes, colectivamente protestó las acciones de Fujimori, y lo obligó a convocar elecciones anticipadas para elegir un nuevo Congreso meses más tarde.
Nada siquiera parecido a esto pasó la semana pasada cuando el gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro arrestó a Ledezma, uno de los principales funcionarios electos del país y alto dirigente de la oposición.
Maduro, que hace pocas semanas celebraba oficialmente la intentona de golpe militar del fallecido presidente Hugo Chávez en 1992, acusa a Ledezma y a otros líderes de la oposición de “conspirar y organizar” acciones violentas contra su gobierno. Anteriormente, Maduro había encarcelado a López con cargos similares, sin aportar pruebas serias en ninguno de estos casos.
El viernes, el secretario general saliente de la OEA, José Miguel Insulza, expresó su “alarma” por los hechos en Venezuela. Pero en la ausencia de algún país miembro que pidiera formalmente una reunión de cancilleres de la OEA, sus declaraciones cayeron en el vacío.
La Unión de Naciones de América del Sur (UNASUR) anunció que enviará una delegación de cancilleres —los ministros de relaciones exteriores de Brasil, Ecuador y Colombia— a Venezuela en una fecha por determinarse, para observar la situación y luego convocar a una reunión regional.
Pero la UNASUR es un foro conveniente para Maduro, porque ha sido la organización regional más amiga de su gobierno.
El año pasado, cuando las protestas estudiantiles en Venezuela dejaron al menos 43 muertos y la oposición pidió una mediación internacional para detener lo que calificó como una masacre por matones paramilitares, los gobiernos latinoamericanos convocaron una reunión urgente de UNASUR y enviaron como mediadores a los cancilleres de los mismos tres países.
Pero la misión de cancilleres de UNASUR terminó ayudando a Maduro a ganar tiempo y diluir las protestas. Los cancilleres de UNASUR no solo no lograron la liberación de todos los estudiantes presos, sino ni siquiera obtuvieron las más mínimas concesiones que pedían los estudiantes, como eran el nombramiento de autoridades electorales independientes para las elecciones legislativas de este año.
Anteriormente, en 2013, UNASUR se había apresurado a bendecir la dudosa victoria electoral de Maduro, después de que un tribunal electoral pro-gubernamental lo había proclamado ganador por un mínimo margen, a pesar de acusaciones de fraude por parte de la oposición.
El presidente de UNASUR Ernesto Samper pidió el viernes un “diálogo” en Venezuela, y criticó las sanciones estadounidenses contra cinco docenas de funcionarios venezolanos sospechosos de corrupción y abusos contra los derechos humanos.
La reacción de Samper fue “absolutamente lamentable”, dice el director de Human Rights Watch para las Américas, José Miguel Vivanco. “No hay absolutamente ninguna conexión entre la cancelación legitima por parte de Estados Unidos de visas y cuentas bancarias de funcionarios venezolanos implicados en abusos a los derechos humanos y corrupción, y las detenciones arbitrarias en Venezuela”.
Vivanco añadió que “estamos viendo un deterioro diario de las libertades fundamentales en Venezuela. Lo único que queda para detener esta escalada de abusos es la comunidad regional”.
Mi opinión: Estoy de acuerdo. El problema es que no hay un líderes regionales.
Es muy difícil entender porqué México y Brasil, que quieren ser vistos en el mundo como democracias modernas, se dejan intimidar por Venezuela y no exigen que las organizaciones regionales cumplan con su obligación de exigir el respeto a las instituciones democráticas en todos los países miembros.
Por eso, la OEA, la UNASUR y otras organizaciones regionales se parecen cada vez más a grupos protectores de los abusos gubernamentales, en lugar de serlo de los derechos democráticos.

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Andrés Oppenheimer
El silencio regional ante la situación de Venezuela
EL Nuevo Herald. Miami, 21 de febrero de 2015

Enrique Krauze: Mares encrespados en Venezuela

En una conferencia en la Universidad de La Habana en 1999, Hugo Chávez fustigó a quienes venían “a pedirle a Cuba el camino de la falsa democracia”, y profetizó: “Venezuela va […] hacia el mismo mar hacia donde va el pueblo cubano, mar de felicidad, de verdadera justicia social, de paz”. Sin embargo, la caída en los precios del petróleo ha llevado a Cuba y a Venezuela, proveedora de la isla, a un mar mucho más turbulento de lo que imaginó Chávez.
Emular a Cuba políticamente era una decisión imperdonable, que Chávez instrumentó cuidadosamente. Para apartar a Venezuela de la “falsa democracia”, concentró el poder y los medios de comunicación casi en su totalidad: radio, televisión y prensa. Su sucesor, Nicolás Maduro, siguió tal pauta con mayor crudeza – sin atender las necesidades que exigían un matiz de pragmatismo. Confiscó el resto de la televisión, reprimió las manifestaciones de la oposición, encarceló al líder Leopoldo López, apresó y mató estudiantes.
Por otro lado, emular a Cuba en el orden de la justicia social tenía sentido. A partir de 2003 Chávez instituyó las “Misiones” – personal cubano para atención médica, educativa, alimenticia y de vivienda – que aportaron una mejora social en la vida de muchos venezolanos. Pero para Venezuela el costo resultó exorbitante.
Venezuela asume el 45 por ciento del déficit comercial de Cuba. Los acuerdos económicos de la era Chávez fueron todos muy favorables para la isla. El costo que pagó Venezuela por las “Misiones” (40 mil cubanos, especialmente doctores y enfermeras) fue de aproximadamente 5 mil millones y medio de dólares anuales, 95 por ciento para el gobierno cubano y el resto para pagar a los doctores (aunque miles de ellos han escapado del país en los años recientes). El petróleo se les vendía a precios tan bajos que Cuba podía refinar y exportar cierta cantidad con altas ganancias.
El arreglo con Cuba ha sido solo un renglón de los muchos que constituyen el dispendio del régimen chavista, quizá el mayor de la historia petrolera del mundo. Pero en 2008, con el precio del barril a 145 dólares (y expectativas de alcanzar los 250), el apoyo a Cuba parecía una gota en el “mar de la felicidad”. En un acto de machismo revolucionario, Chávez aceleró su política de expropiaciones y estatizaciones, sin otorgar ninguna importancia al hecho de que Raúl Castro comenzara a introducir reformas económicas que disminuían el papel central del estado y abrían cierto espacio para la economía de mercado. Lo contrario al modelo estatista que Chávez imponía en su país.
Pero hoy abastecerse de alimentos es la principal angustia del venezolano, el precio del barril de petróleo ha bajado a menos de $50. La escasez de comida, medicinas y equipo médico es alarmante. Las colas en los supermercados son largas y tortuosas. El ejército apresa a quien se atreve a sustraer un pollo.
El gobierno de Maduro insiste en que se trata de una “guerra económica de la derecha”, por tanto mantiene firme su política de control cambiario que propicia el mercado negro, donde una nueva casta de vendedores ambulantes compran productos regulados a precios insignificantes y los revenden a capricho.
Tras una gira mundial por Rusia, China, Irán y algunos países árabes, en busca de apoyos económicos, Maduro declaró: “Dios proveerá”. El humorista Laureano Márquez (quien pertenece a la oposición) en una carta pública firmada por “Dios” respondió diciéndole: “Yo ya proveí” tierras fértiles, llanos ganaderos, selvas para cultivar cacao y café, ríos caudalosos y navegables, playas turísticas y mucho más: “En el subsuelo les puse las reservas petroleras más grandes del planeta. Tienen también, oro, aluminio, bauxita, diamantes [...] Les acabo de enviar 15 años de la bonanza petrolera más grande que ha conocido la historia de la humanidad.”
Al propio “Dios” de Márquez le parecía incomprensible que los chavistas hubiesen convertido a Venezuela en una ruina. Por eso rubricó su carta de modo terminante: “Lo siento, hijo, tengo que decirte que tu petición a las finanzas celestiales también ha fracasado”.
Desde los primeros años del régimen revolucionario cubano, Fidel Castro puso en la mira el petróleo venezolano, que le negó el Presidente Rómulo Betancourt en enero de 1959 en un ríspido encuentro en Caracas. Cuba respondió orquestando – sin éxito – incursiones guerrilleras en Venezuela, y las relaciones diplomáticas se vinieron abajo durante años. En 1998, Hugo Chávez, gran admirador de Fidel Castro y el sistema cubano, fue elegido presidente. El nuevo líder de Caracas pronto ayudó a Cuba, cuya economía estaba en gran peligro debido al fin de los subsidios soviéticos en 1992. A partir del 2003, Venezuela abasteció a Cuba de petróleo a precios bajísimos.
Hoy, sin embargo, la caída de los precios del petróleo ha devastado a la economía venezolana, que ya había sido debilitada por la corrupción y el gasto desmedido del gobierno. Caracas ya no puede seguir regalando petróleo a Cuba y otros países afines al chavismo. Maduro, además, no posee el carisma y la habilidad política de su predecesor.
Ambos países se encuentran hoy, no un “mar de felicidad”, sino en un mar agitado y convulso. Las elecciones legislativas a fines de este año serán un acontecimiento clave para Venezuela. Las encuestas muestran que Maduro posee solamente el 22 por ciento de aprobación; es improbable que mejore de aquí al día de las elecciones.
Si el control del Congreso cambiara de manos, de los chavistas a la oposición, Venezuela podría iniciar un proceso de reconciliación nacional, que estuviera abierto a la economía de mercado y con normalidad democrática. Sería el mejor remedio para la maltrecha economía y las debilitadas instituciones. Pero si tales cambios no ocurren de manera pacífica, las expectativas para Venezuela serán aún más precarias.


Enrique Krauze
Mares encrespados en Venezuela
The New York Times. New York, 19 de febrero de 2015