martes, 23 de septiembre de 2014

Sebastián Bocanegra: ¡QUÉ DIPUTADOS!

Este minicronista observó, el pasado domingo, por un ratico, en ANTV a la primera vicepresidenta del Parlamento, Blanca Eekhout acompañada de los diputados Ricardo Sanguino y Héctor Orlando Zambrano. Por supuesto que los tres militan en el PSUV, eso para que el debate fuera más homogéneo. Con lo que escuchamos me fue más que suficiente para entender por qué el país va cuesta abajo en su rodada. Si ese es el nivel de los diputados, cantera de la que han salido varios ministros y hasta el actual presidente, se puede entender cómo vamos. Según la diputada, el imperio está en una decadencia total, la cual se expresa a través de la debilidad de su moneda, pues "el dólar no vale nada". Si esto es así este minicronista no entiende por qué no eliminan el control de cambio, ya que habría que ser bien bruto para salir de una moneda fuerte como el bolívar para comprar los verdes débiles. ¿Qué hace Rafael Correa dolarizando a Ecuador? Evidentemente no sabe lo que sabe Blanca. Por su parte, Zambrano afirmó que el negocio del contrabando de gasolina de Venezuela hacia Colombia es controlado, en el vecino país, por los compatriotas Humberto Calderón Berti y Luis Giusti. Nos quedamos esperando que informara quiénes manejan ese negocio en la parte venezolana, pero no dijo nada.

¿No lo sabe? Qué raro. Además afirmó que Colombia exportaba parte de la gasolina contrabandeada. Lo peor es que hablaba con total seriedad y convencimiento de lo que decía. ¿Puede salir el país del marasmo en que se encuentra con parlamentarios de este calibre? Hay que sacarlos del Parlamento el próximo año sin falta.


Sebastián Bocanegra
¡QUÉ DIPUTADOS!
Tal Cual. Caracas, 23 de septiembre de 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

Asdúbal Aguiar: Rayma y el periodismo testaferro

Luego de ser ícono del periodismo de humor en El Universal por dos décadas, la censura le bota sus lápices a Rayma, Rayma Suprani, artista plástica y comunicadora de sensibilidad, quien fragua en los hornos de la muy liberal Universidad Central de Venezuela, donde también se cuece nuestra primera expresión intelectual civilizada, la de los doctores de la pionera Real y Pontificia Universidad de Santa Rosa de Lima y Tomás de Aquino, los repúblicos de 1810 Y 1811.

La cuestión no es irrelevante. Que los gerentes de “parabán” del nuevo El Universal decidan cambiar de línea editorial, una vez como transan su compra y le quiebran las piernas a su antiguo propietario, cabe debatirlo; no así la purga de quienes opinan desde sus páginas, pues la opinión pertenece a quien opina y es libre en toda democracia.

Pero lo de Rayma desborda y es más decidor que los atropellos a los que somete Hugo Chávez Frías a los editores, periodistas y trabajadores de la prensa venezolana, a quienes al paso lapida con su voz y también con los golpes que les propina en las calles, a plena luz del día, por medio de sus “círculos bolivarianos”, mudados luego en “colectivos de la muerte”.

El despido que sufre Rayma deja al desnudo dos cuestiones vertebrales y preocupantes, que interesan a la moral de la democracia, la primera de las cuales es descrita por ella misma con sencillez elocuente: “La caricatura es el termómetro de las libertades de un país”.

Los atisbos de nuestra caricatura política tienen lugar en vísperas de la Revolución de Abril de 1870 y hasta cuando se entroniza con ella el dominio personalista de Guzmán Blanco, dictador, ilustre americano, regenerador, jefe supremo.

Mas es con la aparición de El Diablo, al iniciarse el mandato de Raimundo Andueza Palacio, en 1890, que luego tiene como su director a Lucifer, cuando ha lugar al nacimiento cierto del humorismo político en nuestro país. Es la campana que anuncia la llegada, por breve instersticio, de la libertad.

Venezuela, entonces, ensancha sus pulmones, procura debates parlamentarios, diatribas periodísticas, manifestaciones estudiantiles y callejeras, en ese disfrute coyuntural que les permite la mudanza de Guzmán hacia París, donde muere distante y alejado del pueblo al que somete.

Lo esencial, en todo caso, es que la caricatura, que se anticipa a la fotografía y es espacio de opinión sobre el que discurren -a la manera de una síntesis gráfica aguda, inteligente, punzante - los ideales y sueños de las generaciones civiles que nos preceden, representa el testimonio vivo de una década en la que -como lo recuerda Ramón J. Velásquez- fluyen las libertades y se permite el más amplio debate político sobre las cuestiones constitucionales, administrativas y sociales, sin antecedentes.

La caricatura, ¡he aquí lo vertebral!, le mata el ceño duro a los venezolanos.

La sangrienta guerra fratricida por la independencia nos apoca, nos deja tristes y amargados.

Y el periodismo de humor con sus caricaturas nos devuelve el empuje, nos hace, como las mismas caricaturas y en su versatilidad artística, ágiles, imaginativos, valientes, anatematizadores, capaces de ser moralmente inquisitivos con los poderes de turno, desnudándolos, desacralizándolos en medio de la risa y la sonrisa para democratizarlos, ahora sin necesidad del recurso extremo a la violencia armada.

La caricatura deviene en espada virtual que resuelve controversias y procura soluciones, sin que ceda el ánimo, en las horas de nuestra mayor adversidad.

Logra pacificarnos interpelando a la razón, permitiéndonos conocer mejor la realidad que nos rodea a través de su deformación exagerada y suscitando la pluralidad en las interpretaciones.

Es expresión de nuestra democracia vernácula y ser nacional, condenatoria del césar democrático parido en los cuarteles y recreado por los plumarios taciturnos, amigos del sincretismo de laboratorio, alcahuetes de nuestras muchas dictaduras.

La destitución de Rayma, por ende, es “destituyente” de lo poco que nos resta de democracia.

Nos arrebata, con saña cainita, nuestra válvula de escape en horas tan aciagas como las de ahora. Pero tiene una contracara peor.

Desde Bolivia, a través de un doliente de los medios, recibo el libro Control Remoto, del periodista Raúl Peñaranda, a quien un banquero venezolano tienta para que le dirija un periódico al servicio de Evo Morales.

Describe la emergencia de los “medios paraestatales”, adquiridos por quienes se lucran con sus proximidades a estos dictadores del siglo XXI, a los que luego les entregan “el control editorial e informativo de los mismos”.

Entre gallos y medianoche, hijo de la impostura, nace el periodismo testaferro, que nos prohíbe reír y rompe el Decálogo, las leyes de la decencia humana.

Asdúbal Aguiar
Rayma y el periodismo testaferro
Diario Las Américas. Miami, 22 de septiembre de 2014

Fernando Rodríguez: Guerra y más Guerra

Cada vez que el régimen se ve en aprietos serios, es decir, a cada rato, responde inventando una guerra cuyo fin es invertir la culpa de los males de turno, atribuyéndosela al siniestro e implacable enemigo (siempre el mismo con distintas cachimbas, oposición e Imperio). Lo del término guerra se debe a que un gobierno militarista tiene que militarizar hasta el lenguaje y mira que éste lo hace: misiones, batallas electorales, unidades de combate, milicias, comandante eterno, brigadas, invasiones siempre inminentes...

La última, y de las más estrambóticas, es la guerra bacteriológica que estaría preparando la oposición. Pero, atención, no se trata de esa otra guerra que pretendía sembrar el terror en la población mediante la denuncia de supuestas extrañas y terribles muertes, febriles y hemorrágicas, que sugerían la presencia en el país de algún virus o bacteria genocidas que sería el acabose de la tragedia nacional en que vivimos. No, es más que eso. Se trataba, según Maduro que no tiene reparos para urdir tramoyas inverosímiles, de sembrar en Maracay o en algún otro lugar una bacteria real que procediera a acabar un buen número de conciudadanos para beneficio político de la criminal oposición nativa.


¿Fuerte, no? Es de suponer que la tal bacteria ha debido ser condicionada en algún laboratorio del Norte para distinguir entre escuálidos y rojillos, así como para cesar sus letales efectos una vez conseguido su objetivo, suponemos que derrocar a Maduro. No es un chiste malo, usted no sabe de qué son capaces esos centros de poder.

Como siempre lo que esta truculencia en realidad pretende es esconder el horror que atraviesa nuestro sistema de salud, que añade a su permanente estado deplorable la devastación de la escasez y los desmanes del aedes aegyptis.

Guerra pues. Igual que la guerra económica que justifica la devastación y el saqueo de la riqueza nacional hecha por la tribu chavista en quince larguísimos años. O la guerra psicológica que pretende acabar, a como dé lugar, con la imagen y los valores patrios, adentro y afuera y desconocer lo chéveres y bravíos que somos. O, más recientes, las batallas apasionantes y decisivas contra María Conchita y el Puma, episodios de la guerra farandulera será.

Todas estas contraofensivas bélicas tienen entre sus víctimas preferidas los que sirven de portavoces del enemigo, los que preparan el terreno, envenenan los cerebros y los corazones, los medios independientes locales, los periodistas y opinadores bocones, las redes sociales incontrolables y, por supuesto los media imperiales, como CNN y Fernando del Rincón. Los primeros son enemigos internos cuya tarea es tratar de ablandar y dañar el espíritu del proceso para beneficio de los futuros invasores o neocolonizadores. Por ejemplo médicos y fablistanes que les dio porque una vaina rara estaba pasando en el Hospital de Maracay que, a decir verdad, todavía no se ha explicado que es, pero ya es situación bélica declarada. A lo mejor la gran Rayma quedará como la más simbólica baja de esta guerra de bacterias, un blasón más en su brillante carrera artística, como dijo Laureano.

Como ya hemos tenido un gran número de guerras, quién quita que nos venga una galáctica, con ovnis, marcianos y hasta nuestros próceres eternos y hasta algún beato como José Gregorio. No es hilaridad, repito. Todo es posible aquí y ahora.



Fernando Rodríguez
Editorial
Guerra y más Guerra
Tal Cual. Caracas, 22 de septiembre de 2014