miércoles, 20 de agosto de 2014

Eleonora Bruzual: Como agua que cae al piso

Converso con un reconocido encuestólogo y analista de tendencias, quien me refiere la imparable erosión de las simpatías y apoyos al régimen castrochavista y a su actual capo Nicolás Maduro. Me habla de cifras impresionantes que denotan el desencanto y desespero de los que alguna vez creyeron en esta banda colorada donde un farsante con dotes de encantador logró captar la esperanza de millones de ingenuos que lo creyeron el mesías, y tres lustros después, con sus almas envenenadas por el odio se encuentran más pobres, más desesperados, más engañados.

Me señala un 23% de apoyo popular a Maduro y su régimen, una cifra que a cualquier opositor podría animarle, sólo que esa animación y ese optimismo dura el tiempo que tardamos en preguntarnos ¿Y quién lo capitaliza?

Quiénes dentro de un universo opositor plagado de divisiones, de colaboracionistas, de calculadores interesados pueden captar a esos millones de desencantados necesitados de un líder y un mensaje, y hartos de engaños y despelote.

Venezuela está acéfala. Nave al garete donde una banda delincuencial ve perdida su supremacía y en lo único que piensa es en terminar de vaciar las arcas y dejar como bagazo de caña lo que fue un país rico en recursos naturales y tierra propicia para hacer realidad los sueños. Venezuela, donde más del 10% de su población hoy en día dice tener en orden trámites y requisitos para emigrar. Un 10% de venezolanos de clase media, jóvenes con título universitario, con dos o más idiomas que hablan bien, que ve imposible cualquier posibilidad de crecimiento personal y económico en un país que un tropero traidor entregó a los tiranos Castro y su nomenclatura, y estos marcaron la línea: ruina, desesperanza, destrucción de la empresa privada, fin de la Libertad de Prensa, alianzas siniestras con lo peor de la humanidad, reescritura de la historia patria, imposición de una casta de ladrones y narcomilitares, de un nepotismo asqueante, de una impunidad perversa. Tierra donde secaron el campo y ahora las cosechas son de muertos porque a la banda empoderada le beneficia ya que termina de sembrar el miedo y aumenta la necesidad de huir…

Y es que aquí, en este país desolado sobran los cínicos, los desvergonzados, los que pretendiendo ser vitalicios líderes de una oposición desmadrada no se sonrojan al defender –por ejemplo- que en ese diario El Universal, hoy vocería del régimen y ambiente cundido de represión y miedos, se haya impuesto la censura. Es el caso del cuñado de un boliburgues, de un bolichico buchón a punta de negocios turbios, yerno de un “Apóstol” de aquellos que se beneficiaron en gobiernos que, como el de Carlos Andrés Pérez, mantuvo su plantilla de elegidos y que muchos de ellos hoy multiplican fortunas de manera exponencial y la restriegan al rostro de los que cada día ven convertida en sal y agua su economía. Los que no convencen ni a sus propias madres porque de cínicos y retorcidos han hartado a millones. Como éste que más de un lector ya ubicó hay muchos, demasiados…

Por eso, dolorosamente, la pérdida vertiginosa de popularidad y apoyos de esta montonera roja rapaz es como lo digo en el título de hoy: Como agua que cae al piso, que ni se recoge ni se puede aprovechar. Menos por esa cofradía que lidera unas oposiciones huérfana de verdaderos líderes y acosadas por los miedos y el desconcierto.

La Robolución vomita: No podemos hablar de logros, de objetivos alcanzados, de promesas cumplidas por esta montonera roja rapaz. Por donde usted dirija la mirada topará con el horror de un país destruido por quien se planteó como ejemplo a seguir, las nefastas prácticas de Fidel Castro y su banda. Es conocido de todos la mortandad que la violencia genera y que día a día colma morgues y en un 97% queda impune; la escasez, inflación, desempleo es pan diario, y ahora la nueva mortificación es el colapso también de la medicina privada. Los venezolanos ya vivimos desde hace bastante tiempo la falta de medicinas que se unió a la ausencia de desodorantes, papel higiénico, harina, aceite, frutas, libertad… En fin la escasez que también le copiaron a los cubanos castristas.

Ayer la Asociación Venezolana de Clínicas y Hospitales pidió declarar la “emergencia humanitaria” por la escasez de insumos y fármacos para atender a la población. Nada mejora. Al contrario, se agudiza. El Dr. Cristino García Doval, presidente de la mencionada Asociación hizo público el retraso para operar a miles de pacientes en el país por culpa del desabastecimiento de insumos en quirófanos y unidades sanitarias. ¡Uh Ah!

Eleonora Bruzual
Como agua que cae al piso
Diario Las Américas. Miami, 20 de agosto de 2014

martes, 19 de agosto de 2014

Eduardo Semtei: Constituyente o la ilusión como política

Luego de la Revolución Restauradora comandada por Cipriano Castro en 1899, desde las poltronas del gobierno se realizó en el 1901 una Asamblea Nacional Constituyente. Es decir, fue convocada desde el poder, desde el gobierno. En 1914 se aprobó una nueva constitución, mediante un novedoso procedimiento constituyente. Otra vez se inició desde el poder, fue desde el Gobierno donde se impulsó tal iniciativa. Bajo la batuta del general Gómez, se repite la historia de un presidente tejiendo una constitución a su medida. En 1947 nos encontramos rendidos ante la misma realidad, una Asamblea Nacional Constituyente, dirigida, orquestada, manejada otra vez desde el poder, desde el pobierno, ahora con Rómulo Betancourt a la cabeza de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Habrá notado el lector que siempre la constituyente es un acto de gobierno, tratando de perfilar una constitución que se parezca lo más posible al pensamiento, obra y acción de los gobernantes de turno. Por allí en el 1953 la Junta Militar de Gobierno, con Marcos Pérez Jiménez, quien había derrocado años antes al presidente Rómulo Gallegos, arma un nuevo parapeto constituyente y aprueba una nueva constitución. Se repite la historia, el gobierno, el poder político en acción haciendo la arquitectura de una constitución a su imagen y semejanza. El Congreso electo en 1958 aprueba una nueva constitución en 1961. No hubo en esta ocasión un proceso constituyente clásico, pero se evidencia que fue desde el gobierno donde se impulsaron las iniciativas para aprobar un texto constitucional. Chávez, una vez en el poder, convoca una nueva Asamblea Nacional Constituyente y aprueba el texto en 1999.
Este breve recuento me faculta para hacer algunas afirmaciones. Primero: todas las constituciones y asambleas constituyentes del siglo 20 fueron iniciadas, organizadas, dirigidas desde el poder político central. Desde el gobierno, de tal manera es evidente que, la convocatoria y ejecución de una Asamblea Nacional Constituyente pareciera estar sometida a los intereses de los gobiernos de turno. Tal vez por su complejidad, costo, tiempo. No existen iniciativas populares para convocatorias a constituyentes en Venezuela en los últimos siglos. Segundo: un proceso constituyente con el chavismo como gobierno, con la Asamblea Nacional en su bolsa de regalos, con el TSJ en la lista de sus admiradores, con la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría y el CNE, todos infestados de rojorojismo, representa un desafío cuyo costo en tiempo y esfuerzo bien vale la pena invertirlo en otros retos como las elecciones. Tercero: la falta de escrúpulos de los gobernantes actuales obliga a pensar la cantidad de trampas, tramoyas, falsificaciones, engaños que urdirán con toda seguridad para impedir que se produzca una constituyente o bien para garantizar que sus resultados, desde el referéndum llamando a la constituyente, la elección de los constituyentistas, la aprobación del nuevo texto y el referéndum aprobatorio, le sean ampliamente favorables, bien sea en libérrimas elecciones o bien sea en el uso y abuso de las tendencias irreversibles, las firmas planas y las inhabilitaciones oportunas.
Cuarto: no hay ninguna evidencia, ninguna encuesta, ninguna iniciativa mayoritaria y en general ningún interés de las grandes mayorías por un proceso constituyentes en un ambiente de crisis moral, de desastre económico, de desabastecimiento brutal, de inseguridad y muerte, de crisis en los servicios, de apagones, falta de agua, robo y corrupción desgraciada, de entrega de nuestra soberanía a Cuba y China. Es decir nadie le está parando bola, para presentarlo de manera cruda. Quinto: encerrar a la MUD en un debate en torno a una constituyente es debilitar a la oposición, agitar la marea de la división, gastar pólvora disparándole a los zopilotes y finalmente es ir en contra de la imposibilidad legal y hasta material, evidenciada en la historia que se repite tercamente, de realizar un proceso de tal naturaleza desde las gradas de la oposición y con un Poder Público inmoral y complaciente. Así que amigos míos, déjense de vainas y preparémonos lo mejor posible para enfrentar las elecciones parlamentarias que las tenemos a la distancia de una pedrada. Cada quien carga con sus desatinos y sus errores. Nadie quiere compartir fracasos. Y finalmente, nadie puede alegar en su defensa su propia torpeza.

Eduardo Semtei
Constituyente o la ilusión como política
El Nacional. Caracas, 19 de agosto de 2014

Héctor E. Schamis: Nicolás Maduro, privatizador

Se trata de Citgo, empresa gasolinera. Es propietaria de seis mil estaciones de servicio y tres refinerías —en Illinois, Texas y Luisiana— y da empleo a cuatro mil personas. Las refinerías son de alta tecnología, de las pocas con capacidad para procesar crudos pesados. Es una empresa importante, parte del paisaje carretero de toda la costa Este del país. Ello incluye el legendario Fenway Park, hogar de los Red Sox de Boston, donde no hay home run que no esté ligado a Citgo, allí desde 1965 gracias a un gigantesco aviso publicitario detrás de las gradas. Esa presencia le ha permitido a la gasolinera ingresar en el propio corazón de los fanáticos bostonianos, tanto que han llegado a protestar cada vez que se intentó remover el cartel del lugar.
Una de esas ocasiones fue en 2006, luego que Hugo Chávez se refiriera a George W. Bush como “el diablo”. Es que el dueño de Citgo es PDVSA, la compañía estatal de petróleos venezolanos, y en aquella ocasión un concejal municipal propuso reparar el orgullo de su presidente reemplazando el anuncio por la bandera de Estados Unidos. Los fanáticos estuvieron del lado de su memoria deportiva —es decir, del lado de Citgo— y allí sigue hoy, sin bandera alguna.
Venezuela está hoy a punto de perder tan extraordinario recurso comercial, y no por culpa de Boston sino porque Citgo está en venta. No es la primera vez que el tema aparece en la agenda. De hecho, la empresa ya había vendido dos refinerías y tres oleoductos en el pasado. Chávez mismo solía quejarse de Citgo con frecuencia e indicaba que se la sacaría de encima. Ahora, sin embargo, es más que retórica. La crisis de las finanzas públicas ha llegado a niveles sin precedentes, y el gobierno parece haber formalizado un acuerdo con el banco de inversión Lazard para que se haga cargo de las negociaciones de venta de la totalidad de la firma.
La racionalidad de esta decisión no sería inconsistente con tantos otros errores de política económica acumulados durante quince años, pero este caso supera todo lo anterior. Cuesta pensar que un país petrolero renuncie voluntariamente a la ventaja comparativa otorgada por la integración vertical de su activo. Citgo convirtió a Venezuela en un productor y exportador que también controla autónomamente el proceso de refinamiento, distribución y venta en el mercado más importante del planeta. ¿Por qué regalarles a sus competidores los tanques de gasolina de millones de automóviles estadounidenses?
¿Y por qué además introducir incertidumbre futura en el proceso de refinamiento, dado el limitado número de plantas capaces de tratar crudos pesados como el venezolano? Nadie puede asegurar que esas plantas, con otros dueños, no prefieran procesar un crudo más liviano en el futuro, por ejemplo mexicano o canadiense. El gobierno de Maduro no solo desconoce la importancia de la demanda —en el petróleo y en cualquier negocio—, sino que también crea problemas del lado de la oferta.
La privatización de Citgo tampoco tiene sentido desde el punto de vista estratégico, como política exterior. Si es verdad que Estados Unidos es una potencia hostil, el imperio que conspira y fomenta la desestabilización del gobierno revolucionario, ¿no sería esa razón más que importante para conservar herramientas de poder en propio suelo estadounidense? ¿Por qué renunciar también a sentarse a la mesa grande de la discusión sobre la política energética estadounidense y, por añadidura, del resto del hemisferio? De México a Noruega y el golfo Pérsico, y sin olvidarnos de Rusia, es difícil imaginar a otro país petrolero tomando decisiones para reducir su capacidad estructural de negociación frente a Estados Unidos.
Para algunos la “racionalidad” de esta venta, entonces, tendría que ver con las urgencias de financiamiento de corto plazo —la dramática crisis fiscal— y la rapacidad del chavismo, es decir, su innata propensión a las prácticas corruptas en lo que será un negocio millonario para todos los involucrados. Otros, a su vez, han señalado la necesidad de eliminar activos que podrían ser embargables en caso de sentencias adversas por las demandas de Exxon Mobil y ConocoPhillips contra PDVSA.
El caso en cuestión es otro ejemplo que ilustra, una vez más, que los hechos no importan y la realidad no existe, que todo es reducible al relato, a una narrativa esotérica que viola cualquier posibilidad de objetividad. Los bolivarianos pontifican sobre la economía estatal, pero destruyen el estado. Son víctimas de las conspiraciones del imperio, pero renuncian a conservar poder en el propio territorio del mismo. Son humildes socialistas, pero poseen cuentas en bancos internacionales con una inimaginable cantidad de ceros en sus saldos.
Así las cosas, la supuesta revolución hace un círculo completo, constituyéndose ahora en privatizador, como aquellos neoliberales que siempre critica, solo que lo hace de manera más incomprensible. Pinochet, por ejemplo, el híper privatizador, conservó el recurso estratégico del cobre —que había sido nacionalizado por Allende— en manos del estado.
El chavismo, que ha expropiado hasta el suministro de arroz y frijoles, ahora se encamina a privatizar el activo estratégico más importante del país. Finalmente, se entiende porque hablan de socialismo del siglo XXI. El socialismo del siglo XX lo hacía exactamente el revés.
Twitter: @hectorschamis
 
Héctor E. Schamis
Nicolás Maduro, privatizador
El País. Madrid, 18 de agosto de 2014