El mensaje perdido en el diálogo
ALEK BOYD
El País. Madrid, 15 de abril de 2014
Chavistas y opositores perdieron la oportunidad de tratar temas de fondo y se perdieron en discusiones ampliamente conocidas
Desapercibida, en lo que algunos en Venezuela consideran la mejor intervención hecha en las seis horas de diálogo entre el gobierno de Maduro y la oposición, quedó una frase poco recogida por los medios internacionales: “O dialogamos o nos matamos, hermano”, le dijo el gobernador del estado Lara, Henry Falcón, al gobernador del estado Anzoátegui, Aristóbulo Ísturiz. Hay historia entre Falcón y el chavismo. Su carrera política, toda, ha estado circunscrita en la izquierda, aquella que en algún momento se atapuzó con gusto la prédica del encantador de serpientes en jefe. Es más, Falcón fue chavista hasta anteayer, pero como él mismo dijo, durante su intervención, “no toda la derecha está en la oposición, ni toda la izquierda está en el gobierno.”
Durante las seis horas de diálogo se escucharon muchas recriminaciones. Las dos partes tienen visiones, o cosmovisiones como diría Hugo Chavez, no diametralmente opuestas, pues cuando las visiones son terrenas siempre se puede avanzar hacia el acuerdo, sino en diferentes planos existenciales. Mientras la oposición habla de escasez, el chavismo habla de fascismo. Mientras la oposición se hace eco de la ola de violencia que azota a Venezuela, y ha llevado al país a convertirse en el segundo con mayor numero de asesinatos del mundo, el chavismo desecha el asunto como un “problema de percepción”, no causado por la criminalidad desbordada sino por “la guerra mediática que sobre el país existe”, según el Gramsci venezolano. Es decir, las más de 24.000 muertes del año pasado no son reales, sino percibidas para el chavismo. Cuando las partes no pueden ponerse de acuerdo, ni siquiera, en si los problemas que aquejan al país existen, poco puede esperarse del diálogo.
La sorpresa, para quien escribe, no fue lo que se dijo, sino lo que no. Hemos escuchado hasta la saciedad, a la oposición agrupada en la MUD, afirmar la necesidad de ganarse al pueblo chavista para poder derrotar al régimen de Maduro, y lograr un cambio de gobierno. Como alguien expresara en el encuentro, el que gobierno y oposición se reúnan a dialogar es tan raro, que es noticioso. No han ocurrido reuniones del tipo, televisadas en cadena nacional, desde que Chavez llegó al poder en 1999. Ello, en un país cuyo gobierno anda vanagloriándose por el mundo de su “democracia participativa”. No obstante la oportunidad de dirigirse al país a través de todas las televisoras y radios del país, las seis horas se perdieron en dimes y diretes, ampliamente conocidos por partidarios de ambos bandos.
Ni un solo mensaje del chavismo a la oposición, ni, increíblemente, de la oposición al chavista promedio. Ni una sola frase, para asegurar, por ejemplo, que los programas sociales no sólo no serán eliminados si no mejorados. Ni una palabra sobre la corrupción, que se lleva mucho de los recursos que se supone deben recibir los más necesitados. Ni una invitación al pueblo chavista a construir un futuro próspero para todos. El “o dialogamos o nos matamos” resume a la perfección la naturaleza del encuentro: líderes de espaldas a sus electores fijando posición, y tanteando niveles de testosterona, en lugar de buscar ganarse, no al adversario sentado enfrente, sino a quienes los llevaron allí, a quienes les confirieron el poder que actual y temporalmente detentan. Ninguno de los presentes le habló al país. Ninguno. Y ese fue el mensaje perdido en esas seis horas estériles.
El pueblo de Venezuela en su conjunto no está para recriminaciones, pues cada venezolano vive en carne propia la miseria y la debacle en la que el chavismo ha convertido al país, y conoce la realidad mejor que todos los allí presentes. Lo que requiere, en éste momento, el pueblo de Venezuela de sus líderes políticos, no es confrontación, si no soluciones cuya viabilidad depende única y exclusivamente de cuán inclusivas sean. La política chavista de incitación al odio no se resolverá con temeridades tipo “o dialogamos o nos matamos”, especialmente cuando el chavismo controla todas las armas oficiales y paramilitares del país. El desconocimiento del otro no puede desmontarse en la base del fatuo retoricar. Ya basta. Falló el chavismo, eso ya es una realidad, la acepten o no. Pero el que la oposición haya perdido la histórica oportunidad de comunicarle su mensaje a Venezuela entera, casi ininterrumpidamente, durante horas, eso es imperdonable. Incomprensible, considerando que la cuenta de muertes producto de la crisis actual ya pasó los 40, ergo un argumento que no moverá al chavismo al control de sus fuerzas represivas.
@alekboyd
lunes, 14 de abril de 2014
María Isabel Rueda: Destetémonos de Venezuela
Destetémonos de Venezuela
MARIA ISABEL RUEDA
El Tiempo. Bogotá, 13 de abril de 2014
ha llegado la hora de destetarnos de Venezuela y del chavismo.
El Presidente reconoce que el Gobierno y sus Fuerzas Armadas saben “más o menos” dónde está ‘Timochenko’. Creo que todos los colombianos también sabemos, desde hace rato, “más o menos” dónde está el jefe de las Farc. Pero sí resulta noticia que el Presidente admita que mientras dio la orden de atacar a ‘Alfonso Cano’ en noviembre del 2011, hoy tendría dudas de hacer lo mismo con ‘Timochenko’, según él, “porque las condiciones son distintas”.
¿En que podrían ser distintas? Cuando dieron de baja a ‘Cano’, ya estaban avanzados los contactos de exploración de la paz. Pero aún era muy temprano para tener la seguridad de que las Farc no estaban mamando gallo. Hoy, en cambio, existe la sensación de que por importantes o delicados que sean los obstáculos que quedan por delante, el proceso ha ingresado a una etapa de madurez signada, creo que ya, por el destino de la irreversibilidad.
A veces parecería que esto lo entiende mejor el Gobierno que las Farc, que con tanta frecuencia ponen al Presidente en aprietos con la opinión a punta de asesinar policías, emboscar soldados, atacar civiles y volar oleoductos. Todo eso lo justifican desde La Habana sus obesos dirigentes bajo la premisa de que aquí no se ha firmado ningún cese unilateral del fuego y que por lo tanto la guerra sigue “ventiada”, donde se pueda.
No creo que Andrés Pastrana se equivoque cuando interpreta que si Santos dice que pensaría dos veces antes de atacar a ‘Timochenko’, es porque el Gobierno está practicando un cese unilateral del fuego –añado yo, no oficial–, y me parece hasta lógico, cuando a juicio del Presidente las circunstancias lo permitan o lo aconsejen. Se trata de ese tipo de actos de confianza que apalancan los procesos de paz cuando han avanzado hasta un punto de no retorno, como podría ser este.
De ser cierto lo anterior, quisiera plantear entonces que
Colombia, su Gobierno y su diplomacia llevan dos años actuando signados por el miedo de que Maduro se nos “emberraque” por cualquier cosa que hagamos o no hagamos, y que nos desbarate la mesa de La Habana. Y debido a eso hemos sometido a nuestra dignidad republicana y democrática a humillaciones inauditas. Sin necesidad de declararle la guerra al régimen tirano de Venezuela, sí podríamos estar liderando una cosa algo más seria para ayudar a la oprimida oposición de ese país. A esa oposición a la que la canciller Holguín, actuando como mediadora (aunque parezca más una negociadora del equipo de Maduro), llama “los extremistas”: gente que sale a la calle a protestar porque les barrieron cualquier vestigio de nivel de vida a los venezolanos.
En resumen, cómo me gustaría que Colombia recuperara la soberanía de su proceso de paz. Que podamos exhortar a las Farc a hacer sus correspondientes gestos de paz, su cese unilateral no oficial de hostigamientos contra la infraestructura del país y las vidas de nuestros civiles, soldados y policías.
Venezuela no puede seguir siendo el lugar donde “más o menos” sabemos que está escondido ‘Timochenko’. Ni el régimen de Maduro seguir dando por descontado que Colombia, por el chantaje de la paz, no le exigirá más que tibios diálogos con la oposición. Que no nos atreveremos a pedirle que libere a sus presos políticos, ni que deje de perseguir a los “extremistas” opositores como Leopoldo López, hoy preso del régimen, o a María Corina Machado, despojada de su curul parlamentaria por el mismo.
Llegó la hora, en fin, de que el proceso de paz del gobierno colombiano con las Farc vuele solo, sin dueños ajenos ni manos intrusas. En pocas palabras, un proceso que, por estar maduro, ya no le teme a Maduro.
Entre tanto... Esta columna tomará vacaciones, para leerme en paz los últimos libros de Juan Esteban Constaín, El hombre que no fue jueves, y de Ricardo Silva, El libro de la envidia.
María Isabel Rueda
MARIA ISABEL RUEDA
El Tiempo. Bogotá, 13 de abril de 2014
ha llegado la hora de destetarnos de Venezuela y del chavismo.
El Presidente reconoce que el Gobierno y sus Fuerzas Armadas saben “más o menos” dónde está ‘Timochenko’. Creo que todos los colombianos también sabemos, desde hace rato, “más o menos” dónde está el jefe de las Farc. Pero sí resulta noticia que el Presidente admita que mientras dio la orden de atacar a ‘Alfonso Cano’ en noviembre del 2011, hoy tendría dudas de hacer lo mismo con ‘Timochenko’, según él, “porque las condiciones son distintas”.
¿En que podrían ser distintas? Cuando dieron de baja a ‘Cano’, ya estaban avanzados los contactos de exploración de la paz. Pero aún era muy temprano para tener la seguridad de que las Farc no estaban mamando gallo. Hoy, en cambio, existe la sensación de que por importantes o delicados que sean los obstáculos que quedan por delante, el proceso ha ingresado a una etapa de madurez signada, creo que ya, por el destino de la irreversibilidad.
A veces parecería que esto lo entiende mejor el Gobierno que las Farc, que con tanta frecuencia ponen al Presidente en aprietos con la opinión a punta de asesinar policías, emboscar soldados, atacar civiles y volar oleoductos. Todo eso lo justifican desde La Habana sus obesos dirigentes bajo la premisa de que aquí no se ha firmado ningún cese unilateral del fuego y que por lo tanto la guerra sigue “ventiada”, donde se pueda.
No creo que Andrés Pastrana se equivoque cuando interpreta que si Santos dice que pensaría dos veces antes de atacar a ‘Timochenko’, es porque el Gobierno está practicando un cese unilateral del fuego –añado yo, no oficial–, y me parece hasta lógico, cuando a juicio del Presidente las circunstancias lo permitan o lo aconsejen. Se trata de ese tipo de actos de confianza que apalancan los procesos de paz cuando han avanzado hasta un punto de no retorno, como podría ser este.
De ser cierto lo anterior, quisiera plantear entonces que
Colombia, su Gobierno y su diplomacia llevan dos años actuando signados por el miedo de que Maduro se nos “emberraque” por cualquier cosa que hagamos o no hagamos, y que nos desbarate la mesa de La Habana. Y debido a eso hemos sometido a nuestra dignidad republicana y democrática a humillaciones inauditas. Sin necesidad de declararle la guerra al régimen tirano de Venezuela, sí podríamos estar liderando una cosa algo más seria para ayudar a la oprimida oposición de ese país. A esa oposición a la que la canciller Holguín, actuando como mediadora (aunque parezca más una negociadora del equipo de Maduro), llama “los extremistas”: gente que sale a la calle a protestar porque les barrieron cualquier vestigio de nivel de vida a los venezolanos.
En resumen, cómo me gustaría que Colombia recuperara la soberanía de su proceso de paz. Que podamos exhortar a las Farc a hacer sus correspondientes gestos de paz, su cese unilateral no oficial de hostigamientos contra la infraestructura del país y las vidas de nuestros civiles, soldados y policías.
Venezuela no puede seguir siendo el lugar donde “más o menos” sabemos que está escondido ‘Timochenko’. Ni el régimen de Maduro seguir dando por descontado que Colombia, por el chantaje de la paz, no le exigirá más que tibios diálogos con la oposición. Que no nos atreveremos a pedirle que libere a sus presos políticos, ni que deje de perseguir a los “extremistas” opositores como Leopoldo López, hoy preso del régimen, o a María Corina Machado, despojada de su curul parlamentaria por el mismo.
Llegó la hora, en fin, de que el proceso de paz del gobierno colombiano con las Farc vuele solo, sin dueños ajenos ni manos intrusas. En pocas palabras, un proceso que, por estar maduro, ya no le teme a Maduro.
Entre tanto... Esta columna tomará vacaciones, para leerme en paz los últimos libros de Juan Esteban Constaín, El hombre que no fue jueves, y de Ricardo Silva, El libro de la envidia.
María Isabel Rueda
Asdrúbal Aguiar: Luego del conversatorio, las cosas en su puesto
Luego del conversatorio, las cosas en su puesto
ASDRÚBAL AGUIAR
Diario Las Américas. Miami, 15 de abril de 2014
Concluido el “conversatorio” de Miraflores, entre el Gobierno y los partidos de la oposición integrantes de la MUD, en aras de la objetividad –difícil de sostener en las actuales circunstancias– cabe decir que un tanto se anotaron a su favor las víctimas de la censura oficial, los afectados por la hegemonía comunicacional de Estado implantada en Venezuela.
Quienes sufren las consecuencias de la deliberada quiebra fiscal, económica y social del país, luego de tres lustros de francachela revolucionaria y simulaciones en cadena, algo de sus voces han trascendido. Los chavistas, quienes por temor o lealtad no hablan, y quienes pueden hacerlo pero carecen de medios independientes o de amplia cobertura para hacer valer sus opiniones, contaron con algunas horas de desahogo. La opinión pública ha gozado de un momento y cuadro excepcionales, que les permitirá despejar reservas, ajustar criterios, y mejor amalgamarse sobre la realidad que nos cuece a fuego alto.
Es secundario que el Gobierno de Nicolás Maduro, que lleva la procesión por dentro y -salvo que esté desquiciado- sabe del mal que le mantiene en agonía, haya escuchado, ante la mirada del país y el extranjero, verdades que lo desnudan y ha ocultado tras una propaganda revanchista y la ofensa sistemática de sus adversarios.
Como le ocurre a todo gobierno que dura mucho, el actual se recreó en el pasado durante el conversatorio. Al paso, otra vez reescribió la historia. Los representantes de la MUD, en su mayoría, situaron la cuestión del presente -lo hizo pedagógicamente Ramón Guillermo Aveledo– y la describieron hasta mostrarnos el penoso porvenir que nos espera si el diálogo planteado, hecho promesa, no se realiza o da buenos frutos.
Henrique Capriles, cabe subrayarlo, en descarnada exposición, concreta y sin rodeos, puso el énfasis sobre las causas sociales e institucionales que bullen por debajo de la protesta, atizando las frustraciones y la violencia desatadas y en crecimiento. Al paso desordenó las piezas del tablero o escenario cuidadosamente predispuesto para el conversatorio y celoso cuidado de la imagen oficial.
Maduro quiso mostrarse como el árbitro o moderador del juego, ajeno a la represión de Estado y las violaciones de derechos humanos que lo tienen como primer responsable y al drama de las dos partes en que se encuentra fracturada Venezuela. Situado en el medio habló por horas, dándole ventaja a los de su equipo, que al igual que los visitantes podían hablar sólo 10 minutos. Pero le bastaron a Capriles. Le trató como a un par y le recordó que sigue en el poder por el control total que ejerce sobre los poderes públicos.
Sea lo que fuere, más allá del señalado conversatorio, dos cuestiones hipotecan o gravan el diálogo planteado y sus esperados resultados. Una es la revelada con honestidad por Capriles, o sea, el divorcio entre las circunstancias de los sentados alrededor de la mesa y la Venezuela que medra más allá de la Casona de Misia Jacinta, la suma de las víctimas de la realidad nacional imperante y en curso, quienes con escepticismo los observaban. De modo que, la primera enseñanza no se hace esperar. Si esa dirigente no interpreta cabalmente al país, el país se les va de las manos y sus representaciones quedarán hechas añicos.
La siguiente cuestión puesta sobre la mesa de modo unánime por el propio Gobierno, es, a fin de cuentas, la de fondo, sin demeritar la urgencia e importancia de la anterior, a saber, que chocan dos modelos antagónicos y conceptualmente irreconciliables. En hipótesis negada, ello obligaría a reformulaciones que hagan posible la síntesis, la creación de un espacio común. Roberto Enríquez, de COPEI, fue lapidario: “Se encuentra roto el pacto social y constitucional de Venezuela”. A la sazón el mismo Gobierno fue tozudo, repitiendo que no dará marcha atrás con su Socialismo del siglo XXI, esperando de la oposición únicamente su reconocimiento.
He aquí, pues, el dilema. Unos dirigentes sueñan con una Venezuela dentro de la horma marxista, quizás de estirpe gramsciana –como lo apunta Henry Ramos Allup- pero hegemónica culturalmente, de suyo excluyente, donde el poder del Estado se desplaza mudando en poder de los “colectivos” y siendo extraña a la Constitución y la democracia. Los otros repiten el catecismo democrático libertario, afirman creer en el pluralismo, dicen creer en la iniciativa personal tanto como señalan defender la existencia de un Estado facilitador o promotor y garante de los derechos y finalidades de la sociedad civil. El caso es que para los demócratas verdaderos, ajenos al clientelismo, todo diálogo tiene como límite a la misma democracia y sus valores éticos, innegociables.
@asdrubalaguiar
*Exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos
ASDRÚBAL AGUIAR
Diario Las Américas. Miami, 15 de abril de 2014
Concluido el “conversatorio” de Miraflores, entre el Gobierno y los partidos de la oposición integrantes de la MUD, en aras de la objetividad –difícil de sostener en las actuales circunstancias– cabe decir que un tanto se anotaron a su favor las víctimas de la censura oficial, los afectados por la hegemonía comunicacional de Estado implantada en Venezuela.
Quienes sufren las consecuencias de la deliberada quiebra fiscal, económica y social del país, luego de tres lustros de francachela revolucionaria y simulaciones en cadena, algo de sus voces han trascendido. Los chavistas, quienes por temor o lealtad no hablan, y quienes pueden hacerlo pero carecen de medios independientes o de amplia cobertura para hacer valer sus opiniones, contaron con algunas horas de desahogo. La opinión pública ha gozado de un momento y cuadro excepcionales, que les permitirá despejar reservas, ajustar criterios, y mejor amalgamarse sobre la realidad que nos cuece a fuego alto.
Es secundario que el Gobierno de Nicolás Maduro, que lleva la procesión por dentro y -salvo que esté desquiciado- sabe del mal que le mantiene en agonía, haya escuchado, ante la mirada del país y el extranjero, verdades que lo desnudan y ha ocultado tras una propaganda revanchista y la ofensa sistemática de sus adversarios.
Como le ocurre a todo gobierno que dura mucho, el actual se recreó en el pasado durante el conversatorio. Al paso, otra vez reescribió la historia. Los representantes de la MUD, en su mayoría, situaron la cuestión del presente -lo hizo pedagógicamente Ramón Guillermo Aveledo– y la describieron hasta mostrarnos el penoso porvenir que nos espera si el diálogo planteado, hecho promesa, no se realiza o da buenos frutos.
Henrique Capriles, cabe subrayarlo, en descarnada exposición, concreta y sin rodeos, puso el énfasis sobre las causas sociales e institucionales que bullen por debajo de la protesta, atizando las frustraciones y la violencia desatadas y en crecimiento. Al paso desordenó las piezas del tablero o escenario cuidadosamente predispuesto para el conversatorio y celoso cuidado de la imagen oficial.
Maduro quiso mostrarse como el árbitro o moderador del juego, ajeno a la represión de Estado y las violaciones de derechos humanos que lo tienen como primer responsable y al drama de las dos partes en que se encuentra fracturada Venezuela. Situado en el medio habló por horas, dándole ventaja a los de su equipo, que al igual que los visitantes podían hablar sólo 10 minutos. Pero le bastaron a Capriles. Le trató como a un par y le recordó que sigue en el poder por el control total que ejerce sobre los poderes públicos.
Sea lo que fuere, más allá del señalado conversatorio, dos cuestiones hipotecan o gravan el diálogo planteado y sus esperados resultados. Una es la revelada con honestidad por Capriles, o sea, el divorcio entre las circunstancias de los sentados alrededor de la mesa y la Venezuela que medra más allá de la Casona de Misia Jacinta, la suma de las víctimas de la realidad nacional imperante y en curso, quienes con escepticismo los observaban. De modo que, la primera enseñanza no se hace esperar. Si esa dirigente no interpreta cabalmente al país, el país se les va de las manos y sus representaciones quedarán hechas añicos.
La siguiente cuestión puesta sobre la mesa de modo unánime por el propio Gobierno, es, a fin de cuentas, la de fondo, sin demeritar la urgencia e importancia de la anterior, a saber, que chocan dos modelos antagónicos y conceptualmente irreconciliables. En hipótesis negada, ello obligaría a reformulaciones que hagan posible la síntesis, la creación de un espacio común. Roberto Enríquez, de COPEI, fue lapidario: “Se encuentra roto el pacto social y constitucional de Venezuela”. A la sazón el mismo Gobierno fue tozudo, repitiendo que no dará marcha atrás con su Socialismo del siglo XXI, esperando de la oposición únicamente su reconocimiento.
He aquí, pues, el dilema. Unos dirigentes sueñan con una Venezuela dentro de la horma marxista, quizás de estirpe gramsciana –como lo apunta Henry Ramos Allup- pero hegemónica culturalmente, de suyo excluyente, donde el poder del Estado se desplaza mudando en poder de los “colectivos” y siendo extraña a la Constitución y la democracia. Los otros repiten el catecismo democrático libertario, afirman creer en el pluralismo, dicen creer en la iniciativa personal tanto como señalan defender la existencia de un Estado facilitador o promotor y garante de los derechos y finalidades de la sociedad civil. El caso es que para los demócratas verdaderos, ajenos al clientelismo, todo diálogo tiene como límite a la misma democracia y sus valores éticos, innegociables.
@asdrubalaguiar
*Exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos
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